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Sopa de patata. CP.

Sopa de patata y cominos

Me gusta aventurarme en cuestiones gastronómicas, vinícolas o viajeras. Me atrae el no ir sobre seguro, el no saber qué me voy a encontrar porque eso me pone en riesgo de la sorpresa, del descubrimiento nuevo. Sí, sí, también de las decepciones o del desengaño, pero qué se le va a hacer, el que no arriesga no gana y, a veces, para ganar alguna vez hay que fracasar muchas.

Os digo todo esto porque hace unos días me fui por esos pueblos de la sierra de Gredos a disfrutar del recién estrenado otoño, ese que nos deja los tonos dorados, las setas, las castañas y los primeros fríos (bastante escasos). Y, en uno de esos pueblos, encontré alguna de esas sorpresas, esos pequeños tesoros que cada vez escasean más sobre todo en las ciudades.

El regalo otoñal me lo encontré en el bar del pueblo, una pequeña localidad en la que estaban tomando el sol y el chato de mediodía los lugareños en tropel. El bar estaba lleno hasta los topes, como correspondía al día festivo y bullicioso, de paisanos y algún que otro añadido como yo, degustando las tapas que llegaban prestas con la caña o el vino.

Unas migas, unos mejillones, unas croquetas caseras…, y el menú de la casa escrito en la pizarra a la entrada del bar, esas rústicas pizarras que, al parecer, se están volviendo a poner de moda en los bares madrileños.

Pues bien, en esa pizarra lucía el menú festivo a 8 euros, con una decena de platos, entre los que se encontraba un “revuelto de boletus”. Era la hora de comer y, tras el aperitivo, me senté en la terraza para probar ese revuelto de boletus ya que tal manjar no es para dejarlo pasar. Podía haber resultado unos de esos fracasos en los que puedes caer cuando te aventuras de esta manera y haber encontrado un revuelto engrudo de mucho huevo con una par de lascas de boletus. Pero dios o los duendes del bosque otoñal me recompensaron con un aromático plato repleto de boletus frescos, bien cortados y con apenas una yema de huevo que asomaba escondida entre las abundantes setas.

Allí sentada al sol y degustando mi plato de setas recién cogidas sentí que el fin de semana había ya merecido la pena. Y todo al módico precio de 4,50 euros. Lo dicho, nunca sabes dónde puedes encontrar algunas de estas delicias que afortunadamente aún quedan.

Todo esto que os he contado me retrotrae a esa cocina básica de pueblo serrano, de sabores puros, esa que te reencuentra con la cocina de siempre. Y  he recordado una sencilla sopa que hace la familia de mi madre y que en media hora y con un par de patatas, cominos y ajos, te reconforta el cuerpo y el alma.

Probadla cuando lleguen los primeros fríos del otoño, básica y sin florituras.

Ingredientes (para 4 personas)

½ cebolla

3 patatas

Pan del día anterior

Dos tomates

Dos dientes de ajo

Una cucharadita de cominos

Perejil

Sal

Agua

  1. Cortar muy fina la cebolla. Poner una cazuela al fuego, cubrir el fondo de aceite de oliva y sofreírla lentamente.
  2. Cuando esté transparente, añadimos los dos tomates pelados y cortados en cubos y rehogamos también.
  3. Cuando vemos que el sofrito está hecho, ponemos las patatas cortadas en rodajas y las rehogamos con el conjunto.
  4. Mientras, cortamos cuatro o cinco rodajas finas de pan y vamos machando dos dientes de ajo, los cominos y el perejil y lo dejamos todo reservado.
  5. Cuando los sabores estén bien mezclados añadimos el pan y el majado del mortero. Damos un par de vueltas y cubrimos de agua (también podemos utilizar caldo de pollo). Añadimos la sal y dejamos cocer media hora.

¡Más básica y sabrosa, imposible!

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Empecemos por el principio. Sopa de ajo de mi abuela

Como éste es el primer post de mi blog, he pensado que lo mejor es empezar por donde empecé yo, por donde me estrené en esto de la cocina: “la sopa de ajo”.

Muchos de vosotros diréis: !Vaya, la sopa de ajo! Parece sencillo, pero comer una buena sopa de ajo no es fácil. Cuántos de nosotros hemos comido alguna vez una buenísima. Muy pocos. La mayoría de las que se ven por ahí, son agua con trozos de ajo flotando.

Pero en mi casa, mi madre y mi abuela hacían unas sopas de ajo sublimes y yo me empapé de la receta desde pequeña.

El primer plato que me pidieron mis amigos que hiciera cuando iba a visitarles era la sopa de ajo, además es reconfortante en un dìa de frío o tras una buena noche de fiesta.

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Creo que es el principio perfecto para esta aventura.

 

Ingredientes  (4 personas)

Media barra de pan del día anterior

5 dientes de ajo pelados

Un cucharadita de pimentón dulce

Tacos de jamón serrano (opcional)

Agua o caldo de pollo

4 huevos

Sal

Aceite de oliva

 

  1. Ponemos dos dedos de buen aceite de oliva a calentar en una sartén, incorporamos los dientes de ajo cortados en dos y los  doramos con el fuego no muy alto. Una vez dorados, los retiramos y los ponemos en el mortero.
  2. Añadimos en el mismo aceite el pan cortado en rebanadas finas y removemos hasta que estén bien doradas. Rehogamos también los tacos de jamón. Ponemos entonces la cucharadita de pimentón, lo removemos unos segundos sin que se queme, y añadimos el agua o caldo hasta cubrir todo el pan.
  3. Machacamos los ajos y los añadimos a la sopa, junto con la sal. Dejamos cocer media hora añadiendo algo más de líquido si fuera necesario.
  4. Batimos los huevos y, una vez apagado el fuego, incorporamos los huevos y los removemos para que cuajen con el calor de la sopa. Servimos inmediatamente.

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